EL CONFLICTO
EL CONFLICTO
Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos (1 Timoteo 6.12). A los que consideran el cristianismo solamente en términos de paz con Dios, puede parecerles una contradicción que Pablo les mandara a los cristianos pelear. El hecho es que el cristianismo acarrea la más grande de las peleas que este mundo jamás haya conocido. Toda alma que haya nacido en este mundo llega a formar parte de este conflicto, se dé cuenta de ello o no. Los que aman este mundo son enemigos de Dios (Santiago 4.4). Los que han elegido ser amigos de Dios están en guerra contra el mundo (Juan 15.19). Todos nosotros nos hallamos atrapados en un conflicto entre Dios y Satanás, entre la luz y las tinieblas; cada uno de nosotros debe elegir a cuál ejército se unirá.
En 1 Timoteo 6.12, Pablo describió esta pelea como una «buena batalla», y como una «batalla de la fe». El verdadero cristianismo es una batalla. Debemos definir qué es lo que queremos dar a entender por «verdadero cristianismo», pues muchas formas falsas y no bíblicas de cristianismo se están practicando en el mundo. Muchos cristianos
—los que han sido sepultados por el bautismo, asisten a los cultos de la iglesia cada semana, y tienen la más pura intención de ir al cielo cuando mueran
— ¡están viviendo vidas que reflejan cualquier cosa menos una batalla espiritual en contra de las fuerzas del mal! La idea de que el cristianismo es una batalla que acarrea negación de sí mismos, disciplina y lucha diaria, es ajena a la religión de ellos.
Jamás fue el propósito de Jesús que la vida del cristiano fuera una vida de sosiego religioso, de tibieza e indiferencia. Al verdadero cristianose le llama al servicio de Dios como soldado de Jesucristo. Cada día debe pelearse una guerra. La guerra del cristiano implica a tres enemigos
—el diablo, el mundo y la carne. El diablo es el enemigo infernal de nuestras almas. El mundo es el enemigo externo, y la carne es el enemigo interno. Identifiquemos cada uno de estos enemigos conforme vamos considerando detenidamente el conflicto en el que estamos personalmente envueltos.
EL ENEMIGO INFERNAL
El primer enemigo que encaramos es el infernal, el enemigo clandestino, el diablo mismo. Aunque la Biblia no da una clara explicación acerca del origen de Satanás, existe un claro indicio que se trata de un ángel caído. Las Escrituras enseñan que en Jesús «fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles;…» (Colosenses 1.16). Satanás es un ser invisible, así que debió haber sido parte de la creación invisible de nuestro Señor. Como todo lo que Dios creó es bueno (Génesis 1.31), Satanásdebió haber sido creado sin pecado ni maldad.Ezequiel escribió: «Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28.15). Aunque el propósito de estas palabras fue transmitirle un mensaje especial al rey de Tiro (Ezequiel 28.11),algunas de las descripciones que se hacen en el capítulo 28, no se pueden aplicar exclusivamente a un rey terrenal. En el versículo 13, leemos: «En Edén, en el huerto de Dios estuviste;…», y en el versículo 14: «Tú querubín grande [un ángel poderoso], protector,…». La mayoría de los eruditos han llegado a la conclusión de que Dios estaba sencillamente comparando al rey de Tiro y todas sus actitudes pecaminosas con el orgullo original y caída de Satanás. El profeta Isaías usó una descripción parecida del rey de Babilonia: «¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!…Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios,… sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14.12–14). Los profetas Ezequiel e Isaías estaban aparentembente describiendo a dos reyes terrenales que eran tan malvados como el diablo mismo.
En la rebelión de Satanás en contra de Dios, élinfluenció a muchos otros ángeles del Señor a que se le unieran a su pecado. Pedro escribió: «Porquesi Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sinoque arrojándolos al infierno los entregó a prisionesde oscuridad, para ser reservados al juicio;…» (2 Pedro 2.4). En una descripción simbólica de lacaída de Satanás, Juan describió a «un gran dragón escarlata,… [a Satanás, cuya] cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo [los ángeles de Dios], y las arrojó sobre la tierra» (Apocalipsis 12.3–4; comentario nuestro). Satanás y sus seguidores fueron echados del cielo a la tierra, y la guerra de ellos está ahora dirigida contra la mujer que es la esposa de Cristo, es decir, la iglesia de nuestro Señor. Juan concluyó su descripción escribiendo: «Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo» (Apocalipsis 12.17). Juan declaró que los que «guardan los mandamientos de Dios» y se atienen a su fe en el Señor Jesús, están en guerra contra Satanás y sus demonios.
Esta guerra satánica es la misma a la que se refería Pablo en Efesios 6.12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Las señales de la obra del diablo se encuentra por todo lado. Las naciones están enfrascadas en guerras por todo el mundo hoy día. La gente se dispara unos a otros en las calles. Los edificios son bombardeados, los hogares desintegrados, los niños destruidos. ¡Todo esto es señal visible de la destrucción invisible, espiritual, con la que Satanás está barriendo en nuestro mundo hoy día!
EL ENEMIGO EXTERNO
El segundo enemigo, contra el cual los cristianos estamos en guerra, es el mundo. Juan advirtió en 1 Juan 2.15–16: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo». El mundo del cual Juan estaba hablando en este pasaje, no es el buen mundo que nuestro Dios creó al comienzo de los tiempos, sino el mundo de maldad que Satanás mismo ha producido. En 2 Corintios 4.4, Pablo se refirió a Satanás como «el dios de este siglo [que] cegó el entendimiento de los incrédulos». Satanás ha cegado a los hombres con sus falsas promesas de salud, riquezas y placeres, y éstos se le han sometido a él como señor y dios de ellos. El resultado de esta terrible situación es que Satanás ha instaurado un reino de tinieblas en este mundo y es el autor intelectual que está detrás de toda la maldad de la sociedad humana. Cuando la gente escucha a Satanás en sus corazones y obedecen a su voluntad, ellos declaran su independencia de Dios. Sin Dios, el hombre comienza a dictar sus propias normas morales, las cuales se basan únicamente en la sabiduría humana. El hombre sin Dios le roba a la vida todos sus valores espirituales, y reduce el significado de ella a «los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida» (1 Juan 2.16). Los «deseos de la carne» son los deseos de darse gusto a sí mismo. Los que viven para «los deseos de la carne» centran la atención de sus corazones en las posesiones materiales y en los apetitos corporales. Llegan a ser tan egoístas y tan egocéntricos que le dedican todos sus días a echarle mano a cuanto placer físico esté dentro de sus posibilidades disfrutar. Los «deseos de la carne» impulsan a líderes de naciones, a ejecutivos de empresas, y hasta a organizaciones religiosas a procurar solamente lo que les conviene a ellos.
La verdad es que la mayoría de las desgracias y perturbaciones del mundo tienen su origen en «los deseos de la carne». Los «deseos de los ojos» es la segunda característica del sistema mundano. El hombre puede usar los ojos que Dios dio como instrumentos para bendición o para maldad. Por ejemplo, con nuestros ojos podemos disfrutar de la hermosura de la creación material de Dios y ser motivados a cantarle alabanzas a Él. Podemos usar nuestros ojos para leer la palabra de Dios y para meditar en los elevados y santos tesoros de Jesús, que están guardados en los cielos para los hijos de Dios. Satanás y sus asociados de maldad han pervertido el uso de nuestros ojos y han proporcionado toda clase de escenas impuras y sexuales, a las cuales puedan mirar con lujuria hombres inicuos, a travésdel vestido indecoroso y los textos e imágenes pornográficos. Estas cosas, advirtió Juan, son parte del mundo inicuo de Satanás. La «vanagloria de la vida» es la tercera marca que identifica al mundo de iniquidad. Los hombres y las mujeres se enorgullecen en gran manera cuando reciben reconocimientos y alabanzas de los demás. Con el fin de labrarse un nombre para sí mismos, la gente gasta enormes sumas de dinero en casas y tierras. Miden orgullosamente sus triunfos mediante el valor financiero de sus posesiones. Los eruditos amontonan títulos académicos para ufanarse de sus capacidades intelectuales. Los atletas hacen todo lo que pueden para recibir el aplauso y reconocimiento de los hombres en las pistas de competición. La lucha por el poder, el prestigio y la gloria es la motivación central de casi toda empresa humana hoy día. En resumen, la palabra de Dios enseña que la estructura básica social de nuestro mundo está dominada por valores carnales y materiales totalmente ajenos a Dios. Estas prioridades mundanas alejan cada vez más a la gente de Dios y de una íntima comunión con Él. Estos son los métodos que Satanás y los espíritus inicuos usan para engañar a la gente y hundirla más profundamente en el pecado y en las tinieblas espirituales de su reino. Santiago les llamó «almas adúlteras» a los hermanos que se centran en las prioridades mundanas. Les advirtió que «la amistad del mundo es enemistad contra Dios», y que cualquiera «que quiera ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios» (Santiago 4.4). Cuando un cristiano se centra en el mundo y en las cosas que están en el mundo, y no en Jesús, el tal comete el serio pecado del adulterio espiritual contra Jesús, nuestro eterno Esposo.
EL ENEMIGO INTERNO
El tercer enemigo que los cristianos enfrentan es el enemigo interno, la carne. El término «carne» se usa en varios sentidos de la palabra en el Nuevo Testamento. Algunas veces se refiere a la parte de nuestros cuerpos que está compuesta de músculo, tal como en Lucas 24.39, donde Jesús declaró: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como ves que yo tengo». Otras veces, la palabra «carne» en la Biblia, se refiere a la totalidad de la persona, tal como en Hechos 2.26, donde Pedro citó al salmista que dijo: «Mi carne descansará en esperanza». El tercer sentido en el que la Biblia usa el término «carne» es en referencia a nuestra naturaleza humana caída. Cuando Adán y Eva fueron creados al comienzo, ellos tenían una perfecta relación espiritual con Dios, de modo que el cuerpo, el alma y el espíritu estaban intactos. No obstante, cuando ellos pecaron, sus almas cedieron a las exigencias del cuerpo u hombre exterior. El terrible resultado fue que sus almas se separaron del gobierno del Espíritu de Dios, y cayeron bajo el dominio del cuerpo. En ese momento, la naturaleza pecaminosa del hombre fue separada de Dios y llegó a ser conocida como «la carne». Hoy día «la carne» es la naturaleza pecaminosa que ejerce poderosa presión sobre el hombre ¡con el fin de que viva para las exigencias del cuerpo temporal y no para el Espíritu eterno! En Gálatas 5, Pablo declaró que la carne y el Espíritu se oponen totalmente entre sí: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis» (vers.o 17). Es una constante guerra civil la que se está librando entre «la carne» y «el Espíritu». Pablo describió el poder de la carne en Romanos 7. Tenemos esta imagen de Pablo como un gran hombre de fe que le dedicó su vida entera a Jesús, sin embargo esto fue lo que escribió en Romanos 7.18: «Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien». Pablo prosiguió describiendo la guerra civil que se libraba dentro de su carne. Lo que Pablo estaba diciendo en esencia era: ¡En mi corazón estoy convencido de que nada deseo más que vivir para Jesús, pero tengo un problema! A pesar de la intensidad con que deseo la voluntad de Dios, hallo que no logro cumplir tal voluntad en mi vida. Las cosas que me gustaría hacer, algunas veces no las hago; y las cosas que me propongo evitar, ¡son las que a veces acabo por hacer de todos modos! Cuando Pablo reflexionó sobre este terrible dilema, él clamó lleno de frustración y de angustia del corazón: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!…» (Romanos 7.24–25).
Los que permiten que sus cuerpos físicos tengan dominio sobre sus vidas, están en «la carne». Ellos viven la vida natural de la carne, y mientras no se arrepientan jamás agradarán a Dios. En contraste con los que viven bajo el dominio del cuerpo, están los que tienen un gran deseo de que el Espíritu domine sus vidas. Solamente a través de Jesús
—a través de su perdón y fortaleza interior— ¡puede ser humano alguno permitirle al Espíritu, y no a la carne, dominar su vida! Cada uno de nosotros debe decidir entre dos formas como podemos vivir. Podemos vivir por fe en el Hijo de Dios, o podemos vivir por fe en nosotros mismos. Podemos vivir para «la carne» o podemos vivir por «el Espíritu». La gran mayoría de la gente ha preferido la vía fácil y está viviendo según los dictados de la carne. En contraste, los que viven por la fe, han apartado la atención de su corazón de su ego y la han fijado en Jesús. Pablo dijo de éstos: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros» (Romanos 8.9). Todos debemos entender una verdad fundamental del evangelio de Jesucristo. Jesús jamás vino a esta tierra a mejorar la carne; ¡Él vino a tomar el lugar de ella! Él no solamente murió en el Calvario para tomar el lugar del pecado, sino que ¡vive en nosotros a través de Su Espíritu para tomar el lugar de nuestra vida! Cuando «[obedecemos] al evangelio» (2 Tesalonicenses 1.8) mediante el arrepentimiento y el bautismo, somos perdonados de nuestros pecados y recibimos el Espíritu Santo como don de Dios (Hechos 2.38; 5.32). En la medida que «[presentemos nuestros] cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable» (Romanos 12.1), Jesús mismo vivirá en nosotros (1 Corintios 12.27). Hablando a un nivel más personal, Pablo declaró «… ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2.20). La única manera victoriosa de vivir, es vivir por la fe en el Hijo de Dios. Él dijo: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8.1).
CONCLUSIÓN
¡La mayoría de la gente está en guerra contra Dios, y esto es algo que con tristeza también hay que decirlo de muchos que sostienen ser miembros de la iglesia! Si usted está viviendo una vida de egocentrismo, siguiendo el poder de la carne; si usted está viviendo para las cosas de este mundo, ¡su alma está en peligro! Está en guerra contra Dios, y debe hacer la paz con Él, arrepintiéndose de sus pecados y poniendo a derecho su corazón con Él. Si usted es un hijo de Dios que se encuentra viviendo una vida mundana, con su atención fija en la carne y no en Jesús, por favor arrepiéntase, confiese su pecado, y restaure su primer amor.Si usted jamás ha obedecido al evangelio, su arrepentimiento debe acompañarse del bautismo en la muerte de Cristo para el perdón de sus pecados(Romanos 6.3–4).
Por : Carlos Benavides
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